• Spoty Six

La vida de los otros

Srta, he leído su entrada de la película sobre Miss Israel y me he acordado de una historia que rescato de mi archivo y le copio abajo, sobre escribir la vida de los otros. A ver si le ayuda a encontrar los límites de la veracidad de las vidas fantanseadas. No tiene banda sonora (seguro que a Ud. se le ocurre alguna) pero espero que le guste.

Me ha encantado eso de un retrato tan inteligente como tierno. No son dos condiciones que generalmente se asocien y da mucho que pensar.


Me pongo a sus pies.


¿No podría deshacerse de la Sra. Racho y esos ruidosos niños? Yo le propongo charlas adultas entre bailes agarrados y discos antiguos. Nada de libros para memos enanos que no interesan a nadie.

Jugando a ser dios

Llevaba años y años yendo a desayunar a la misma cafetería. Y todos los días era el mismo ritual. Se sentaba con el diario y una libreta de notas en la mesa al lado de la barra y pedía unas tostadas, no muy hechas, un poco de mermelada de naranja y un café con leche. Los camareros lo habían cronometrado en alguna ocasión porque parecía imposible: daba igual si el periódico venía cargado de noticias o si se trataba de la edición de verano cuando no pasa nada.

Tardaba exactamente 1 hora y cuarenta y cinco minutos en marcharse. Si le preguntaban por las notas, siempre respondía lo mismo, necesitaba documentarse para la novela que lo consagraría, una historia costumbrista, sobre la vida cotidiana de personas normales, como las que desayunaban en la cafetería.


Los camareros ya lo conocían y se peleaban por servirle en cuanto le veían entrar por la puerta. Ocupaba mucho rato la mesa pero era un cliente que no daba problemas y siempre dejaba propinas generosas. Para todos era un hombre solitario, con una vida aburrida al que, en general compadecían. El, sin embargo, disfrutaba viviendo las vidas de los otros. Le gustaba pararse con las conversaciones de su alrededor e imaginarse las historias de los que hablaban.


Que él recordará, sus “superpoderes”, como los llamaba, habían comenzado un día en que escuchaba a la pareja sentada en la mesa de al lado. Ella lo miraba con ojos enternecidos y llenos de amor mientras él hablaba. No paraba de decirle lo guapa que era y lo mucho que la quería. Se lo imaginó en otro bar, en otra ciudad, diciéndole las mismas palabras a otra chica que le miraba con los mismos ojos.


A la semana siguiente coincidió de nuevo con la muchacha de los ojos enternecidos, esta vez, bañados en lágrimas, mientras le contaba a una amiga que aquel tipejo la engañaba.


—Se equivocó al poner la dirección y me llegó la carta de Leonor. Le decía que se instalaría definitivamente en A Coruña, que ya no se pasaría la mitad de la semana aquí y que solo podía pensar en ella. Lo peor de todo es que a Leonor le envió mi carta y me decía exactamente lo mismo, que se instalaría definitivamente en Madrid y que solo pensaba en mí.


Esa vez pensó que había sido casualidad, pero volvió a ocurrir ese mismo día. Mientras los de la mesa de enfrente alardeaban de sus aventuras de la noche anterior, todavía borrachos de juventud, se imaginó a uno de ellos en comisaria detenido por escándalo público. Dos días después el grupo de la mesa de enfrente comentaba que el que faltaba pasaría mucho tiempo castigado sin volver a salir. Lo habían pescado borracho y con el badajo fuera, subido a la estatua ecuestre de la plaza del pueblo.


Y así empezó. Al principio, eran historias que todos nos habríamos inventado. El vejete que bajaba en zapatillas raídas mendigando un desayuno guardaba una fortuna debajo del colchón, la secretaria que comía el pincho de tortilla a las once con cara de pocos amigos, sisaba unos euros cada mes en las cuentas. Poco a poco sus fantasías fueron haciéndose más complejas y rebuscadas, aunque, como a él le gustaba pensar, reales como la vida misma. La portera del edificio de al lado, que huía con la carnicera de la esquina con la que llevaba años pegándosela a su marido, el hombre callado del ático que construía un cohete en la terraza para visitar la luna. Daba igual, por muy disparatada que fuese, más tarde o más temprano, acaba por cumplirse. Se sentía dios.


Después de un tiempo empezó a aburrirse y su humor se agrió. Ya no era emocionante. Cada vez necesitaba vidas más intensas para su historia y la cotidianeidad le asqueaba.


Un día a uno de los camareros se le cayó el cuenco de la mermelada encima de sus notas. Lo cierto es que aquel hombre ya no le gustaba de antes y habría preferido que lo despidieran. Servía con desgana y miraba con desprecio y asco a la dueña. Se lo imaginaba vestido de cuero sodomizando a alguna incauta.


Al día siguiente, el camarero ya no estaba. Dos compañeras suyas, comentaban en la barra que lo habían despedido y que el dueño estaba infartado en el hospital. Al parecer al entrar en el almacén para guardar una cazadora de cuero que alguien había olvidado en el bar, se había encontrado a su mujer con el culo en pompa sobre las cajas de cerveza.


Esta vez se había pasado. Tenía que controlar su imaginación. Si cerraban el bar, se quedaría sin sus tostadas de mermelada de naranja por las mañanas y las cafeterías de los alrededores le desagradaban sobremanera y decidió hacer algo para compensar lo del infarto. Se imaginó que la dueña, que siempre le sonreía lascivamente, tenía unos melones jugosos y descomunales en lugar de aquellas cebollitas que no daban ni para un guiso. A las pocas semanas, ella llegó contando que había heredado una gran suma que le permitiría hacer realidad el sueño de su marido, ponerse unos implantes mamarios que harían que tuviera que subir sola en los ascensores. Sintió que había hecho una buena acción y dejó volar su imaginación de nuevo.


Se había equivocado en una cosa, la primera vez no había sido, como él recordaba cuando acertó lo de aquella pareja. La primera vez había sido cuando se imaginó que el hombre de mirada pérdida, casi loca, que había entrado embutido en una gabardina en pleno mes de agosto a por un café para llevar, era en realidad un psicópata que llevaba una pistola bajo la gabardina y que cualquier día provocaría una matanza en un bar.


Había pasado mucho tiempo de aquella fantasía y por eso, cuando se encontró otra vez aquel fulano en chanclas y pantalón corto en pleno invierno sentado leyendo el periódico en su mesa -en la que llevaba sentándose más de 10 años, desde la que escuchaba e inventaba las vidas de los otros, y que todos sabían que era suya- no lo reconoció. Se dirigió hacia allí furibundo, dispuesto a regalarle una enfermedad venérea si no se levantaba ipso facto de su asiento. Lo increpó a voz en grito. El hombre levantó la vista. Un disparo retumbó en la cafetería. Al disparo lo siguió una ráfaga que acabó con todos los que estaban desayunando. El periódico dijo que había sido una masacre. Solo una camarera de pechos regalados que había ido al almacén a por unas cervezas, se había salvado.

2 comentarios

copyright

  • Instagram