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Vinyl: el sonido y la furia



Arrancaba en un hermoso blanco y negro Toro Salvaje con LaMota en el ring mientras sonaba el intermezzo de la Cavalleria Rusticana; Scorsese presentaba con decidida elegancia al púgil protagonista. Si la ópera de Leoncavallo procuraba un contrapunto extradiegético con el mundo del boxeo, que no sería quien de hacer Marty con la tradición del rock, el punk, el soul o, incluso el blues. Su filmografía es un diálogo hiperbólico, fértil, perpetuo entre melodías, paratextos y secuencias. Después de más de una docena de documentales sobre música -No Direction Home: Bob Dylan (2005) o George Harrison: Living in the Material World (2011)-, de grabación de videoclips como aquel, y del piloto y producción de Boardwalk Empire (2010-2014), parecía que un proyecto como Vinyl (2016) fuese lógico, sobre todo si a él se unía Mick Jagger. La discografía de la banda venía siendo un referente contínuo en el cine de Scorsese y culminaba en 2008 con el documental Shine a Light. De hecho, fue del cantante de los Rollings de quien surgía la idea. ¿Quién mejor para atestiguar el final de una época de la industria, sobre la tríada de "sexo, drogas y rock and roll" (que llegó a sonar como primer título de la serie) y sobre el ambiente cultural, bohemio del Nueva York de los 70?


No obstante, conviene recordar las diferencias de la narrativa televisiva entre director de capítulo, creador, productor y showrunner, para subrayar la batuta de Terence Winter como metrónomo del proyecto. Scorsese dirige un piloto tan ambicioso que HBO decidió suspender el estreno de la sexta temporada de Game of Thrones; un capítulo brillante y desproporcionado tanto en su duración como en su gramática. Después de esta largo de presentación, la temporada entrelaza con pulso y violencia las vidas de unos personajes que nunca llegan a ser dueños de sí mismos, las luces y sombras (bendita fotografía de Rodrigo Prieto), de tantos días de anfetaminas, baquetas y punteos y mil noches de resaca, pasión y sudor.


Conocemos a Richie Finestra (inconmensurable y excesivo Bobby Cannavale) sumergido en su infierno mientras frenética, Personality Crisis de The New York Dolls, suena en el Mercer Arts Center. No ha de ser casual. Será el primero de muchos momentazos musicales de la serie: bien actuaciones y ensayos de grupos (de Bob Marley y Ziggy a Robert Goulet), bien en los interludios de nombres míticos (desde Charlie Wilson y Buddy Holly a Aimée Mann) o bien en la música extradiegética tantas veces presente (Life on Mars). Las listas de Spotify echaban humo tras la emisión de cada capítulo.


Dueños de discográficas, managers, propietarios de emisoras, productores, groupies, aspirantes a estrellas y mafiosos de la industria acaban por enriquecer este microcosmos, donde el crimen no anda lejos. Alguien procuró analogías con Mad Men (2007-2015) por trabajar con imaginarios de sueños y pasión, pero Vinyl baja un par de escalones más hacia el desasosiego vital. Acompañana al señor Finestra (extraña mezcla de Dante, Ian Curtis y Sísifo) el resto de socios de la American Century: Jamie (Juno Temple), ambiciosa secretaria y cazatalentos; Lester Grimes (Alto Assandoh), vieja promesa del blues transformado por la industria en representante; Kip Stevens (James Jagger, sí, hijo del ínclito), vocalita de la banda promesa, y Devon (Olivia Wilde), esposa-trofeo del protagonista, residente temporal en el Chelsea Hotel y vinculada a la Factory de Andy Warhol, la Nico e a la Velvet. Casi nada.


El miedo era recrear figuras icónicas del siglo XX como Janis Joplin o Lou Reed y que la cosa no chirriase. Lejos de eso, una fue feliz en Las Vegas con ese Elvis crepuscular sin coronel Parker en el cuarto y abierto a reconducir su carrera. Suspicious Minds. Se rompió el balance, pero el level y el volume funcionan a la perfección. Si algún mandamás de HBO la retomase y renovase por una segunda temporada, daríamos por bien invertido su confinamiento. Incluso el nuestro.



Vinyl (HBO, 2016)



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