• Spoty Six

Nacer es separarse

Queridas y querido, a ver que me dicen de esto. He recibido muchas críticas y a casi nadie que se lo he mostrado, le ha gustado. La razón, que no les gusta el protagonista. Y yo otras críticas las acepto (y me las puedo hacer yo mismo) pero, ¿es necesario que el personaje suscite empatía e identificación para que pueda gustarnos un escrito?


Nacer es separarse


El aire entró por la nariz y por la boca, mis pulmones se llenaron y lloré con un grito que retumbó en aquella sala fría, acostumbrada a saludar la vida. Una luz opaca me cegaba. Me dolía todo el cuerpo. Un cuerpo del que, hasta ese momento, no era consciente. Noté el roce áspero de gasas y algodones, el contacto de mi piel desnuda con el estetoscopio. Llegué al mundo rodeado de gente pero me sentía solo y abandonado. Duró solo unos minutos, hasta que me colocaron sobre ella. Sentí su calor y ese olor, solo suyo, mezcla dulce, salado y agrio, que sigo reconociendo y me tranquiliza. Subí reptando por su piel que me acariciaba hasta que mis manos palparon aquella redondez grande, jugosa que se acercó a mi boca y a la que me agarré. Aunque su cuerpo estaba en tensión, me acogía. Noté un respingo cuando me enganché y poco a poco me fui saciando y tranquilizando hasta quedar dormido.


Aunque José había estado en la sala de partos, no fue hasta que nos llevaron a la habitación del hospital que me fijé en él. Con una amplia sonrisa me mostraba a todos los que habían venido a conocerme. Después de un par de días rodeados de felicitaciones, caras satisfechas y pasando de brazos en brazos de gente que no conocía, nos fuimos a casa los tres juntos. Yo envuelto en una tela tensa que me pegaba al cuerpo de María como si nunca nos hubiésemos separado y José abrazándonos a los dos, llenándonos de besos. Ellos, cogidos de la mano y sin dejar de tocarse. Por el camino me contaron cómo se habían conocido, que habían comprado una casa con una habitación más que habían preparado para mí solo.


La luz entraba por las ventanas, todavía no hacía el calor del verano pero el verde los árboles comenzaba a perder intensidad.


Me enseñaron la habitación y me dejaron en la cuna. Busqué con las manos, moví los pies desesperado, pero no había nada a mi alrededor, solo el contacto de las sábanas, que olían a nenuco. Sus voces se alejaron. Empecé a llorar. José vino corriendo y se paró delante de la cuna. Empezó a encender uno a uno los peluches musicales que poblaban la habitación. Ponía caras raras y balbuceando me hablaba como si fuese tonto y me hacía llorar cada vez más fuerte.


María llego del baño abrochándose los pantalones.

—No te preocupes pequeñín dormirás con nosotros. —y en un susurro añadió —Dale una oportunidad a tu padre que está aprendiendo.


Y lo intenté. Pero cada vez que se acercaba me picaba con su barba, se quejaba de que le manchaba el traje o que lo llenaba de mocos. Me cogía como si pudiese contagiarle una enfermedad incurable si me tocaba demasiado y le daban arcadas cuando me cambiaba los pañales. Así que desde la distancia miraba con ojos mansos cómo ella me cogía con destreza, me daba de comer o me limpiaba. Se quedaba en la puerta, sin atreverse a entrar, como si no supiese donde colocarse para no molestar.


Trasladaron la cuna al lado de su cama pero dormíamos los tres juntos. Yo, en medio, acurrucado contra María, sabiendo que en cualquier momento su pecho que rebosaba el camisón, estaría disponible para mí.

Una noche me desperté con unas manos grandes que me agarraban y me colocaban en aquella horrible cuna. Después José se acostó al lado de mamá y comenzó a tocarle el cabello, ella se despertó también y buscó sus labios. Poco a poco él fue bajando las manos por su cuerpo. Sentí hambre y empecé a llorar, ellos estaban enzarzados y desnudos y tuve que gritar más fuerte hasta que ella separó a José, se acercó a la cuna y me cogió en brazos. Me ofreció su pecho y en sus brazos me calmé y quedé dormido. Cuando desperté volvía a estar en la cuna y ellos dormían abrazados.


A la noche siguiente recuperé mi sitio en la cama pero José comenzó a quejarse de que me movía mucho y le despertaba con mis quejidos. Acordaron colocar un catre en mi habitación y muchas mañanas él amanecía allí.


Una tarde de otoño llegó a casa empapado y se dejó caer en el sofá. Después de cinco minutos con la vista en los cubos de madera con los que yo jugaba sentado en la alfombra se acercó y empezó a construir una torre a mi lado.


—Ya no salimos nunca, no quedamos con nadie y ni siquiera vemos la tele. —Dijo en voz baja, y sin levantar los ojos continuó —Ni siquiera te molestas en arreglarte, siempre en casa con esos pantalones anchos y esas camisetas con las tetas fuera todo el día.


—No seas injusto. En cuanto llegue el calor todo volverá a ser como antes. Ahora Jesús nos necesita y sabes cómo llora cuando vamos a la calle.


José iba subiendo su tono de voz, casi gritaba.


—Te necesitará a ti, de mí no quiere saber nada. No le gusto y llora cuando le cojo. Se pasa el día enganchado a tu pecho. ¿No crees que ya va siendo hora de que le des el biberón y duerna en su cuarto?


No me gustaba el tono que estaba utilizando con María, tiré la torre que me había construido y comencé a llorar.


— Claro que nos gustas, pero lo coges con miedo y los niños lo perciben todo—respondió María mientras me alzaba del suelo y me colocaba en su regazo. —No deberíamos hablar de estas cosas delante de él. —concluyó empezando a impacientarse.


—Pues ya me dirás cuando quieres que hablemos, si lo llevas todo el día colgado de ese pañuelo, que parece que en vez de un hijo, tienes un bulto.

—Dejémoslo ya, por favor, que nos pasamos el día discutiendo —sentenció María, sacándome de la habitación y dándole un beso en la mejilla.


Desde ese día, comenzaba a llorar en cuanto José aparecía. María no decía nada pero me cogía preocupada, me llenaba de besos y me llevaba a otra habitación. El optó por pasar cada vez menos tiempo en casa y aunque de vez en cuando dormían juntos, ella prefería pasar el tiempo a mi lado.


Un día, al poco de celebrar mi cuarto cumpleaños, José recogió sus cosas, pegó un portazo y se fue. Dijo que ya no lo aguantaba más, que ya no tenía esposa y ni siquiera le dejaba ejercer de padre.


María se quedó desconsolada sentada en nuestra cama. Yo me senté a su lado la miré a los ojos y desabroché su camisa. Como tantas veces agarré su pecho, lo acaricié y fui notando como su piel se erizaba y empezaba a temblar, entre sollozos, susurraba que me quería, que ya era lo único que le quedaba y le prometí que yo no la abandonaría. Su pezón se erizaba al contacto de mi mano. Suavemente coloqué mis labios y después de lamerlo, empecé a succionar, al principio suavemente después con avidez, desesperado. Le estaba haciendo daño, pero notaba como le gustaba. Dejó de sollozar y se tumbó sin separase de mí. Me acariciaba mientras canturreaba. Yo también empecé a acariciarla, los dos, abrazados en la cama como un solo ser.

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