• Srta. Doe

My Mexican Bretzel: La mentira más lúcida



Que estamos aquí para que nos cuenten historias semeja creencia atractiva. Que los relatos pueden venir con las, entre, tras las letras y/o las imágenes suena evidente. Que este debut dinamite la concepción narrativa de quien auguraba la imposibilidad de innovar es tan sugerente como esperanzador. Que los 70 minutos de su metraje transcurran en un suspiro, la prueba de que dimos con uno de los mejores filmes del año (del pasado o del presente, da igual cuando leáis esto). Si aún no pudisteis disfrutarla en una sala de cine, dejad este texto aquí mismo. Conviene que os acerquéis a la butaca como merecen los romances inesperados: sin esperar nada más que entregaros con rendición.


El origen del filme dio comienzo en 2010. Entonces, la directora viajaba con su madre a Suiza para recoger la casa del abuelo que acababa de fallecer. Allí encontró un material que nadie esperaba: 50 bobinas de 8 y 16 mm. Las cintas habían sido rodadas entre los años 40 y 60 y recogían los viajes increíbles (de Hawai a Venecia, del Mont Saint-Michel a Nueva Orleans) que había hecho Frank con la abuela Ilse. De vuelta en Barcelona decidió digitalizarlas, restaurarlas y trabajar en un proyecto que cobraba vida tras siete años de entrega. Con ese metraje encontrado pulió un filme de no ficción para narrar una historia tan atractiva como melancólica.


A las imágenes de los abuelos añadió las palabras de un diario -ficticio- de una mujer llamada Vivian Barret, en las que va confesando sus inquietudes, nostalgias, miedos y dudas. Una voz que se alimenta con lecturas como la del maestre Paravadin Kanvar Kharjappali. “La mentira es solo otro modo de contar la verdad”. La máxima, robada al gurú -ficticio también- funciona como lema de la propuesta diegética, visual y sonora. Bonito juego. Alrededor de la mentira construye una historia en la que mantiene la “verdad” de las imágenes y en la que la “falsedad” se transforma en relato de un pasado que, sin embargo, no fue (ni la felicidad inicial del matrimonio con León, ni la esterilidad de la mujer, ni el progresivo deterioro de la pareja, ni el amante mejicano...) No fue, pero ahora es. ¿Quién lo duda?


El ejercicio de estilo incorpora una reflexión sobre el propio cine, sobre la destrucción del “yo” cuando se está contando una historia: “Si filmas no tienes que vivir. No sé si filmamos lo que hacemos o hacemos lo que hacemos porque lo filmamos”. My Mexican Bretzel apuesta por la esencia del cine analógico, acompañado con los deseos y sueños subtitulados de la protagonista. Y sí, con una estética, formal y vital, que nos recuerda los dramas de Douglas Sirk e Todd Haynes, mas con voz propia. En la reinterpretación prescinde de la voz en off y el sonido ambiente; solo se incorporan contados efectos sonoros tan elegantes como sutiles.


Persigo historias y prometo ser cómplice de quien sepa atraparme en el juego de espejos. Después de todo: "¿Qué es la realidad sino una reconstrucción continua e infinita?".



My Mexican Bretzel (Nuria Giménez Lorang, 2019)

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