• Giovane Cinghiale

Libreros de Nueva York: hojas viejas, vidas nuevas



Esta semana la srta. Doe decidió que celebráramos el día de las librerías paseándolas, no solo de forma física, sino también a través del documental que llegará en pocas semanas a salas. Según dijo, recorrer la mirada entre estantes supone recuperar tiempos perdidos y, en este 2020, parecía necesario. El filme cierra el foco sobre las manías y rituales bibliófilos a través de las palabras de coleccionistas, libreros, marchantes y editores de la ciudad estadounidense. Las estadísticas son claras: de las 368 librerías existentes en Nueva York en los 50, sobreviven en la actualidad 79. Un temblor de setenta años transformó las dinámicas de lectura, los perfiles de los usuarios, los índices de ediciones y la caza de títulos descatalogados. En la era de internet, de las descargas ilegales, del monstruo de Jeff Bezos, pero también de los dispositivos electrónicos de lectura, que sobrevivan casi ochenta parece un éxito.

El filme intercala materiales como archivos fotográficos, extractos de películas, palabras de los entrevistados (mitad héroes, mitad locos del papel impreso) e, incluso, lecturas de ensayor como el Letter to Borges de Susan Sontag o The Private Life of Books de Henry Wessells para reflejar un retrato lo más completo posible. Cada uno de estos elementos figuran dispersos a lo largo del metraje, casi como trasunto de la propia estructura y organización de uno de aquellos locales de la vieja Book Row neoyorquina: pasillos rebosando páginas y cubiertas, rincones repletos de volúmenes en rústica y tapa dura, en el caos ordenado de una librería de viejo que se precie. El incremento de alquileres y el fallecimiento de los libreros acabaron por cerrar o trasladar muchos de aquellos establecimientos.

El documental camina entre escenarios tan dispares como una subasta en Christie’s o la fera del libro antiguo en Park Avenue. Comparte las preferencias de los aficcionados a las publicaciones de hip hop o las excentricidades de coleccionistas (no olvidaré el de la biblioteca inspirada en Escher o el comerciante de libros hechos con piel humana, primo Spoty, lees bien). Señala las cifras millonarias que consiguen las primeras ediciones o como la búsqueda en el red viene alterando la concepción de una rareza bibliográfica. Quien devore solapas y colofones es probable que se quede hasta los títulos de crédito finales. Al acabar podrán escuchar la anécdota de Fran Leibowitz cuando le prestó un libro a David Bowie.

Más alla de la radiografía local, la propuesta celebra la lectura como experiencia, reivindica el valor simbólico y estético del libro, y formula una cuestión extrapolable a cualquier otro contexto: ¿cuál será el futuro de estos templos? Mientres nos dejen, revivamos en las hojas viejas.



Libreros de Nueva York (The BookSellers, D.W. Young, 2019)

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