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High Fidelity: Vinilos y huidas


Agotados los usos y costumbres de los 80 como referentes en todo tipo de revivals, semeja llegar el turno de los 90: echar mano de la nostalgia y recuerdos sospechosamente olvidados, para revisitar temas, nombres y gustos culturales de la última década del siglo XX. Los principales destinatarios (y consumidores en potencia) de este resurgimiento serán quienes fueron jóvenes en aquel tiempo. Hay quien intenta incluir en este fenómeno la nueva adaptación de High Fidelity, pero las claves de la serie de televisión son distintas.

Parte de dos antecedentes de culto: la novela que Nick Hornby firmaba en 1995 y la adaptación cinematográfica de Stephen Frears en 2000. Ambas contaban los problemas afectivos del dueño de un tienda de discos Rob Fleming en Camden en la obra literaria, y Rob Gordon -John Cusak- en el Chicago del filme). Ahora dos showrunners, Sarah Kucserka y Veronica Becker, toman las riendas y, con la colaboración del propio Hornby en el guion, perfilan a una protagonista mujer, Rob Brooks (Zoë Kravitz), en el Brooklyn actual.

Con una estructura narrativa propia (diez episodios de no más de 30 minutos) las tramas siguen apostando por cuatro pilares identitarios: los flashbacks para evocar los avatares sentimentales, la elaboración de listados (de discos, canciones, personajes de ficción…), la constante ruptura de la cuarta pared (la protagonista reclama la atención del espectador con todo tipo de reflexiones y preguntas retóricas) y, sobre todo, la música: David Bowie como tótem, Fleetwood Mac, Beastie Boys, Nina Simone o Os mutantes… Un panorama musical muy ecléctico que, más allá de la exhibición, semeja vacío de propósito. “Las cosas de las que gustas son más importantes que como eres” repite la protagonista, pero sin ser consciente de la falta de definición propia.

La relectura apuesta por elementos de este presente: la diversidad sexual y racial, el móvil como recurso comunicativo y vehículo musical (crítica al shazam), o el debate sobre cancel culture (¿podemos separar al artista de la persona, a Michael Jackson de la pederastia?...). La protagonista se enfrenta a los problemas con la misma inmadurez que los antecesores con un resultado entretenido pero ni lleva a la misma conclusión, ni es determinante aquella comicidad que se deleitaba en el sufrimiento. Se prefiere subrayar la amistad como salvamento (la vitalidad de Jack Black es retomada por Da’Vine en el papel de Cherisse), y el cameo de Springsteen como consejero de Cusak muda por el baile de Debbie Harris... Los nostálgicos encontrarán la conexión entre Zoë Kravitz y su madre, Liza Bonet (quien interpretaba a Marie De Salle en el filme), pero ni los referentes vitales ni los musicales son los mismos. Generación tras generación.



High Fidelity (Hulu, 2020-)

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