• Srta. Doe

El sentido de un final: Desdibujando a Barnes



Siete años después de haber ganado el Man Broker Prize al BBC producía en 2017 la adaptación de El sentido de un final -nuevo acercamiento a la obra de Julian Barnes tras la serie Artur & George o el filme francés Love-. Adoramos al escritor por esa mezcla de flema británica, ternura e inteligencia, por la construcción precisa y calibrada de personajes, virtudes que en el filme se escurren huidizos. (Confieso haber culminado rendición por el muchacho cuando pude escucharle recogiendo un premio en Santiago. Por azares del destino, meses después, visitando una exposición en París me sorprendí como la única pazguata que no llevaba una audioguía. Miré alrededor, no era la única, había un caballero que paseaba sus ojos azules por los lienzos sin echar mano de ningún aparato. Era él. Pensé en declararme con un "I wanna mary you", pero me pudo el sentido de un final, el mío, y callé con cobardía. Si vuelve a haber una tercera, no pienso frenarme). Vuelvo a lo importante, lo de la película. En la superficie reconocemos la historia de Tony Webster (siempre acertado Jim Broadbent), quien jubilado y divorciado, mantiene una vida solitaria y tranquila hasta que descubre haber sido incluido en un testamento, el de la madre de su novia de la universidad. Siguiendo la voluntad de la fallecida recibirá el diario escrito por Adrian, amigo de aquel tiempo; pero conseguir el cuaderno supondrá reencontrarse con Verónica (felizmente gélida Charlotte Rampling) en un brutal buceo al pasado.

Lo que en la novela se construye mediante párrafos y páginas autosuficientes que al final se convierten en un edredón de la vida, en el filme se traduce en una narración tradicional en la que se pierden los matices y un proceso de maduración casi orgánico. La dirección de Batra es correcta y debemos reconocer el trabajo más que solvente de los actores. Y sí, claro, no faltan conversaciones sobre la poesía de Thomas y Larkin, los flashes del amor de juventud o las divagaciones en el aula de historia… pero prestaban más como relámpagos del recuerdo, que lo que sospechamos por el uso de la voz en off.

La distancia entre la novela y el filme es como la existente entre hacer crecer un lienzo de Seurat desde los puntos minúsculos hasta la visión de los pasos atrás, frente a la instantaneidad de una polaroid. No queda lugar para la nostalgia y la perspectiva del tiempo, temas capitales del escritor de Leicester. En palabras del propio Barnes la vida es solo la historia que le contamos al resto y, principalmente a nosostros mismos. Sin dejar de ser un filme correcto flaquea en el cómo, ahí es donde radica la mayor de sus pérdidas. No es falta de lealtad, echamos de menos la esencia del original, la evocación, la introspección. Giramos el reloj de pulsera, cruzamos el puente sobre el Támesis y leímos páginas de aquella carta, pero supimos que esa no era la historia.


El sentido de un final (Rites Batra, 2017)


Vecindario querido, esta entrada se la dedico a T. (sister de sra. Racho), quien también tiene querencia por el gachí.

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