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El raton del Sr. Maxwell

El ratón del Sr. Maxwell

Autor. Frank Asch

Ilustrador. Devin Asch

Editorial. Juventud


Cartoné, 32 págs., 25 x 28,5 cmPrimera edición: 2004

Edad recomendada: de 9 a 11 años. (Según la editorial, pertenece a la colección Ya leo solo, a partir de 7 años.)


Seguimos con otro libro del catálogo de libros para niños perversos, esta vez uno lleno de humor negro, y difícil de encontrar ya en la mayoría de librerías independientes, e imposible en las generalistas.


El libro es obra de Frank Asch y su hijo Devin Asch se encarga de ilustrarlo. Los dos colaboraron también en Los ratones de la Sra. Marlowe y ambas obras se centran en gatos "civilizados" cuyos instintos animales, supuestamente apaciguados, acaban metiéndolos en problemas (aunque de signos contrarios). El primero es el que usa el humor más negro y cuestionador y el segundo, sin humor y más evidente en sus intenciones, cuenta una historia más compasiva (aunque sin renunciar a la sorpresa un tanto macabra) y ambos generan cuestiones interesantes sobre la civilización, la crueldad y la posibilidad de ir contra la propia naturaleza. Los dos títulos dialogan entre sí y con otros álbumes en los que el ingenio del débil se enfrenta a la fuerza del fuerte, pero El ratón del Sr. Maxwell es quizá el que se atreve a dejar más zonas en sombra y a confiar en la interpretación del lector.


Los autores nos cuentan la historia de un gato muy elegante, el Sr. Maxwell, que se acerca a su restaurante habitual para celebrar que lo han ascendido en el trabajo y, para ello, pide ratón crudo para comer. Lo que no se espera es que el ratón se resista a su destino. Se trata de una historia lineal y cerrada, sin juegos temporales, que recuerda a los cuentos clásicos del fuerte contra el débil, pero disfrazada de novela negra urbana.

El ratón del señor Maxwell genera controversia ya desde el título: si el ratón "del" señor Maxwell le pertenece, ¿puede hacer con él lo que quiera? Ese pequeño giro posesivo convierte el nombre del libro en una primera pregunta incómoda sobre propiedad y poder, y actúa como pista de lectura antes incluso de abrir la cubierta.


Aspectos materiales: atmósfera de novela negra


Un libro en el que los aspectos materiales se ponen al servicio de la historia que quiere contar y donde el ilustrador va creando de forma inteligente un ambiente que nos predispone a la historia (y a tomar partido).


La ilustración de la cubierta, que coincide con una de las ilustraciones del interior, nos coloca en el centro de la historia, a la vez que sirve para presentar a los dos protagonistas y el universo gatuno en el que se desarrolla. En ella se ve al ratón en una bandeja que el camarero ofrece al Sr. Maxwell, el gato protagonista. El ratón al que se refiere el título está relajado, tumbado sobre una tostada de pan oscuro, como si de una toalla de playa se tratase.

Después, las guardas sirven en este caso para ponernos en situación espacio temporal. Las casas características sitúan el espacio en el que transcurre la historia. Una ciudad de Centro Europa ¿Ámsterdam? ¿Hamelin? sobre la que sobrevuelan un avión biplano y un zepelín, típicos de la época de entreguerras. La lluvia y los colores sepia contribuyen a anunciar el drama y generar una atmósfera psicológica y crean una tensión que comienza a colocarnos en la narración.


La ambientación del local y el vestuario de los personajes nos acaban de situar en un escenario propio de una película de gánsteres y mafiosos de la época de la ley seca.

La paleta de colores apagados de las guardas se mantiene a lo largo de todo el libro, con ilustraciones donde predominan los colores en la gama de los negros y grises, ocres y aceituna y donde el blanco del ratón o de los manteles de las mesas, es el que da un toque de luz a las escenas oscuras.


El formato casi cuadrado, la elección del papel satinado, junto a la tipografía alargada y elegante con un toque retro del título y la elección de las letras blancas sobre fondo negro, o los márgenes dorados (a juego con los adornos del traje del Sr. Maxwell) que sangran las páginas, sirven también a la ambientación y añaden un toque de sofisticación acorde con el ambiente y personajes que se nos muestran. El tamaño amplio y casi cuadrado invita más a la lectura compartida que a la íntima, algo que refuerza su potencial para el debate en voz alta.


Todos estos elementos construyen un álbum oscuro donde las ilustraciones digitalizadas sobre fondo negro ocupan 2/3 de la doble página y el texto se coloca en una columna en el margen, en el tercio restante. El margen central sirve para dividir la escena e indicarnos qué es lo principal. Así, en una de las páginas se coloca al protagonista mientras que la otra es la que completa la imagen con detalles de la escena y contiene el texto. De esta forma, la composición de la doble página contrapone los pesos en la historia entre texto e ilustración.


Después de las guardas, la historia comienza ya en la página de créditos. En una primera ilustración a doble página en la que acompañamos al Sr. Maxwell, lo vemos en la parte baja de la página derecha, en su camino del trabajo al restaurante la Garra afilada, paseando bajo la lluvia con su paraguas, sonriente y seguro de sí mismo, con la mano en el bolsillo. El único personaje en la ciudad gatuna cubierta de nubes y llena de coches.


Narración: nada es lo que parece

En esta historia compleja de aspectos psicológicos nada es lo que parece (aunque muy pronto se nos descubre las intenciones del ratón).


Las imágenes siguen la secuencia lineal de la narración y a través de ellas podemos perfectamente saber lo ocurrido, desde la llegada del gato al restaurante para su almuerzo hasta que sale en ambulancia para acabar en el hospital donde recibe la carta del ratón. El texto se encarga de darnos los detalles para acabar de construir la historia, y la ilustración aporta lo que el texto silencia: que estos "caballeros" educados son, en realidad, gatos y ratones atrapados en papeles que parecen imposibles de cambiar.

El narrador textual es un narrador en tercera persona que va dosificando la información para construir la historia. Aunque parece ser un narrador omnisciente que conoce los pensamientos de todos los personajes, a veces la ilustración y el desarrollo de los hechos, lo contradicen (tal vez sea que se deja llevar por las apariencias y el ratón también lo engaña a él) y vemos como el ratón manipula al gato, sin que este sospeche. Hasta le da las gracias por tener paciencia. Ese leve desajuste entre lo que se cuenta y lo que se ve hace que la imagen no se limite a ilustrar el texto, sino que lo matice, lo ironice y nos convierta en lectores un poco más desconfiados.


Por su parte, la ilustración juega con el zoom y el plano para acercarnos y alejarnos de la trama y utiliza los planos y la focalización para situarnos al lado de uno u otro personaje. No hay viñetas marcadas, pero cada doble página funciona como una escena completa, y los cambios de encuadre —del plano general de la ciudad al primerísimo primer plano del ratón en la bandeja— organizan una auténtica secuencia cinematográfica. A veces lo hace a través de un narrador visual en tercera persona que nos sitúa como espectadores enfrentados a los personajes; otras, en las escenas de mayor dramatismo, cambia el foco y nos coloca en la visión del gato. Provoca así un parón que hace que nos pongamos en su lugar, que comprendamos sus dudas ante la disyuntiva de si matar y comerse al ratón, que es lo que los gatos hacen y han hecho siempre, o comportarse como un ser civilizado, capaz de empatizar. Sentimos entonces su angustia, y somos más conscientes del juego del ratón.


Podría decirse que el narrador visual se inclina hacia el ratón, al hacer visibles sus miedos y sus artimañas, mientras que el narrador textual parece más cercano al desconcierto del gato, atrapado entre su instinto y sus dudas morales.


Nunca vemos desde los ojos del ratón, y a pesar de eso (o tal vez por ello) la mirada que nos lanza desde la página del título consigue que sea el personaje con el que más empatizamos, pequeño, blanco y puro y, aparentemente, indefenso. Las imágenes son las que nos desvelan, a través de las expresiones de los personajes, detalles sobre sus emociones y resuelven la incongruencia y la sorpresa que el texto por sí solo produce. Sin ellas no sabríamos tampoco que los personajes son gatos hasta muy avanzada la historia, cuando se nos dice que en el restaurante se sirven ratones frescos o que el Sr. Maxwell ronronea y que el ratón esperaba su turno en la despensa para servir a la gatunidad.


Personajes: civilización y apariencias


En su dieta habitual el Sr. Maxwell come ratón al horno, pero hoy es un día especial, lo han ascendido y para celebrarlo decide pedir ratón crudo y además ocuparse él mismo de matarlo. En un primer momento, cuando el camarero, Claudio, le enseña la bandeja en la que le presenta al ratón, se le hace la boca agua, pero por primera vez en mucho tiempo se enfrenta al hecho de que su comida es otro animal como él, con sentimientos, que piensa y que tiene familia y que, además, le cuestiona.

El Sr. Maxwell, el gato negro, personificación del mal, es un animal humanizado. Viste como humano, va sobre dos patas, vive en una ciudad y come en un restaurante con cubiertos, bebe vino…, aunque como todos los gatos de la ciudad sigue manteniendo una característica animal, apaciguada por los años, eso sí. Siguen comiendo ratones. Pero no se trata de ratones sucios y salvajes que cazan para alimentarse, sino que son ratones blancos, puros, criados en granjas, caprichos de gatos pudientes.


Por su parte, el ratón blanco, personificación de la pureza, es un personaje que no acepta su destino, que se cuestiona los roles, y se rebela, que utiliza la picaresca y el ingenio para sobrevivir, aprovechándose de su apariencia y su papel de víctima. Todos los ratones, el protagonista y los que después huyen son ratones blancos (como los que utilizan en los laboratorios), puros y a pesar de eso, recurren e incitan a la violencia.

La página del título nos ofrece una imagen del ratón muy distinta a la de la portada. Ahora se nos presenta al ratón protagonista sobre la misma rebanada de pan oscuro, pero lo vemos a la defensiva, en una postura más animal, a cuatro patas, asustado y vigilante, mirándonos a los ojos para interpelarnos. Haciéndonos ver que las apariencias engañan y poniéndonos sobre aviso. La actitud valiente y decidida del ratón, a lo largo de toda la historia, no es más que una pose. Ya antes de que comience el álbum, sabemos más que el Sr. Maxwell sobre las emociones del ratón y sentimos compasión por ese animalillo asustado, aunque eso no impide que nos pongamos de parte del gato por momentos.


Una vez que desde la portada ya se nos muestra que el protagonista es un gato humanizado la historia nos resulta verosímil y coherente. A los dos animales se les conceden características y capacidades humanas. Pero mientras que a los gatos se les asigna una apariencia menos salvaje, van vestidos con traje, van a restaurantes y comen con cubiertos y beben vino (podría decirse que su única característica animal es alimentarse de ratones vivos, algo que el gato protagonista no suele hacer, ya que con la edad ha ido considerando la práctica como salvaje), el ratón no va vestido, es un animal criado y educado para alimentar a los gatos y sus características humanas quedan reducidas a la capacidad de habla, emociones y pensamiento.


A pesar de su apariencia más animal (no va vestido) se comporta de forma ¿más humana? Tenemos a un gato que come ratones y a un ratón que se defiende mediante el ingenio, que usa la dialéctica para ganarse al gato. No utiliza la violencia física y la fuerza (aunque consigue que el gato la utilice contra sí mismo). ¿Es violento?

Con el pensamiento y la civilización surgen la moral y las normas sociales. Nos encontramos entonces con un gato que sigue comiendo ratones crudos, pero ahora es educado y come con cuchillo y tenedor, da las gracias y les pide disculpas a sus comidas. Que no cuestiona sus privilegios hasta que es interpelado por el ratón. La violencia es desadaptativa, aprendida, la agresividad es innata.


El autor va creando unos personajes verosímiles y coherentes cada uno en su rol, con los que el lector se identifica en algún momento. Y eso es en parte lo genial del libro, que esa identificación se puede dar con cualquiera de los dos personajes. Rompe con los cuentos tradiciones en los que el bien y el mal están perfectamente delimitados, cuestiona los papeles de víctima y agresor y lleva a la reflexión sobre el intercambio de roles. Vemos cómo todos nos colocamos en ambos papeles, según las circunstancias van cambiando.


El gato hace lo que hacen los gatos, comer ratones. Solo que aquí el gato va vestido, se ha humanizado, y según explica el texto, la edad ha sido la apaciguadora de sus instintos depredadores. ¿Y nosotros, los humanos? ¿Nos reconocemos en el gato que se cuestiona su naturaleza que la civilización ha hecho desaparecer? A mí me lleva un poco a pensar en la tantas veces nombrada crueldad infantil, en los instintos agresivos que se apaciguan con la edad, con la experiencia. ¿Y qué pasa con el ratón y el instinto de supervivencia? ¿Es el que lo mueve o, en su humanización, al dotarlo de pensamiento, la agresividad innata que acompaña al instinto de supervivencia se convierte en violencia?


Lector implícito: doble nivel de lectura


¿Con quién se identificará el lector? La distancia que el álbum consigue al tratar el tema desde la ficción utilizando animales humanizados, junto con los juegos con la focalización y el uso del humor negro, sirve para amortiguar la angustia que podrían plantear los temas que trata a la vez que hace que el lector pueda colocarse e identificarse con los dos personajes. El humor no ofrece un juicio, sirve a la vez de reflejo y cuestionamiento de la realidad. Deja abiertas las preguntas sin ofrecer respuestas. Y esa es, a mi modo de ver, su máxima cualidad. Hay así un doble nivel de lectura: uno más literal, centrado en el peligro del ratón y los tropiezos del gato, y otro que invita a pensar en la violencia, el poder y la manipulación más allá de esta pequeña tragedia gastronómica.


A pesar de la extensión del texto, y que utiliza, en ocasiones, un lenguaje propio del mundo empresarial, es sencillo y sin palabras complicadas. De todas formas, es un libro que por el tipo de ilustraciones y la cantidad de texto requiere de capacidades lectoras avanzadas, además de que juega con la tensión y plantea cuestiones morales que apelan a aspectos cognitivos que requieren el uso del ingenio y un dominio del lenguaje. Por eso, a pesar de que se encuentra en la colección Ya leo solo recomendada a partir de 7 años, parece que sugiere un lector implícito que ya lee álbumes un poco más complicados y extensos, capaz de colocarse a una distancia de los hechos que le permita gestionar la angustia del ratón y ver el engaño y reírse. Que no se quede en lo literal y pueda entender el humor negro que recorre la historia sin quedarse solo en la violencia. A la vez, el libro presupone un adulto mediador que reconozca guiños a la novela negra, a relatos como David y Goliat o a clásicos como "El gato con botas", y pueda poner en palabras esas conexiones sin cerrar las preguntas que el álbum abre.


Temas: civilización, violencia y domesticación


Partiendo de una idea que pertenece al imaginario colectivo (aunque cada vez menos) la de que los gatos comen ratones, los autores le dan una vuelta de tuerca al utilizar caracteres humanizados, supuestamente civilizados (ya no se mueven por instintos sino que razonan, apelan a las emociones y utilizan el pensamiento) para plantear cuestiones sobre la agresividad y la violencia, la civilización y la humanidad.


En el mundo real los gatos domésticos están dejando de comer ratones, porque viven en ciudades donde no los hay y porque los humanos vemos como algo salvaje (y violento) que lo hagan, vamos haciendo desaparecer sus instintos, los vamos domesticando, haciéndolos menos salvajes y agresivos. Y al dejarlos sin instintos, también los hacemos más dependientes. ¿Qué pasa con los humanos? ¿Qué persigue la educación? ¿Civilizar? ¿Domesticar? ¿Cómo es la sociedad en la que introducimos a los niños y qué supone entonces socializarlos?

¿Quién el agresor y quien la víctima? ¿Quién el débil y quién el fuerte? ¿Toda la violencia es igual? ¿A veces está justificada? ¿Es cruel que un gato coma ratones para alimentarse? ¿Y si no los caza, sino que los cría para darse un capricho? ¿Los instintos desaparecen cuando dejan de ser necesarios o es posible domesticarlos? ¿Es violenta la domesticación?


Ingenio como arma del débil


Como en David y Goliat, plantea el uso del ingenio frente a la fuerza bruta del fuerte pero va un paso más allá. En este caso, nos encontramos con un gato con cuestionamientos morales y un ratón que se aprovecha de ello para salvarse el pellejo. El ratón se coloca en una situación de superioridad intelectual y moral y usa el ingenio para manipular al gato.


¿La inteligencia vence a la fuerza? ¿Es la moraleja? ¿El ingenio es el arma del débil? ¿Es proporcionada la defensa, la respuesta del ratón? ¿El aparentemente débil de la relación es siempre la víctima? ¿Qué ocurre cuando juzgamos una situación dando por supuestos los roles de agresor y víctima que la sociedad establece para cada uno de los personajes?


Al final, lo difícil, lo civilizado, es tener la fuerza/el poder y no usarlo, buscar otros medios de resolución de conflictos, de otra forma estamos ante un cambio de roles en los que se perpetúan esquemas de agresividad y violencia.


Humor: recurso para plantear temas difíciles


El humor es muchas veces una herramienta que se utiliza para poner en tela de juicio una situación, para hacer más amable una crítica o tratar un tema del que de otro modo sería complicado hablar. En este caso, el uso de la violencia para defender la propia vida. NO podemos dejar de reírnos con el ingenio del ratón para engañar al gato, camelándoselo, generando empatía, apelando a las emociones, a la humanidad del gato para ganarse su confianza y clavarle un cuchillo por la espalda (o en este caso, en la cola) haciéndole difícil hacer algo que es natural (o no), que los gatos se coman a los ratones.


Es un álbum subversivo, que desde el humor cuestiona el orden establecido y sugiere la posibilidad de cambio, el derecho a rebelarse contra el destino, a defenderse incluso de forma violenta.


El uso de la sorpresa en la resolución del conflicto y las formas de slapstick como violencia desproporcionada pero incruenta (no hay sangre) y que funciona con niños más pequeños, se complementa con formas más altas de humor que apelan al ingenio, al juego intelectual y con el lenguaje o los cambios de roles y giros, y constituyen los elementos y herramientas que los autores usan para plantear esos temas.

Solo nos podemos reír si somos capaces de separarnos de la emoción, desconectarnos de la empatía, que en esta historia se genera hacia el ratón aparentemente el débil. Ya desde el primer momento nos colocamos a su lado. Desde el momento en que nos hemos creído a ese gato muy humano, nos parece sádico y casi inmoral que pida un ratón vivo para matarlo y comérselo en un restaurante. Pero además empatizamos con el ratón, con su rol de víctima de la historia, a pesar de que las imágenes nos muestran todo el engaño y vemos cómo se va ganando al gato y lo que le va a ocurrir, nos parece bien, nos parece divertido e incluso justificado, sobre todo porque, aunque cruenta, es una violencia moderada que además se autoinfringe el gato. El ratón no ejerce violencia, ¿o sí?


A pesar de los consejos de su madre (que como todas las madres es muy sabia) de no confraternizar con la comida, el gato escucha y conversa con el ratón, que se comporta como víctima intentando dar pena, convenciéndolo de que acepta los papeles que la sociedad les ha asignado sin cuestionarlo, se gana la confianza del gato a través de una falsa empatía, para cambiar los roles, la víctima se convierte en agresor y el agresor resulta agredido.


Igual que el ratón juega con el gato, el narrador juega con el lector. Juega con que nosotros sabemos lo que va a pasar. Nos coloca de parte del ratón, nos hace entender su miedo y su situación para entender lo que hace y por qué lo hace, y que no solo sea el gato el que empatice con el ratón, como lectores, vemos la transformación de la víctima en agresor, nos reímos e incluso, la aplaudimos. Las imágenes, que cuentan más que el texto, se adelantan y nos hacen espectadores y cómplices. Y experimentamos cierto placer con las artimañas del ratón, que no se tratan solo de una estrategia para escapar, sino también una venganza. ¿Somos malas personas? ¿Es esta una buena lección para los niños? Aunque también sentimos compasión por el gato que no se entera de las manipulaciones del ratón.


No vemos sangre, pero sí cómo el gato clava el tenedor en el cuerpo del ratón. La sangre está después, en el rabo cortado del gato.

Diálogos intertextuales


De alguna forma establece un diálogo con la multitud de libros e historias de persecuciones entre gatos y ratones, aunque aquí la persecución da paso a un mundo ¿más civilizado? donde los gatos ya no cazan. Un encuentro entre caballeros que se tratan en todo momento de forma educada y civilizada. La persecución pasa al plano intelectual, al uso y manejo de la palabra y la persuasión, para acabar en la manipulación apelando a las emociones, y aunque el ratón no utiliza la violencia, la provoca.


También con todos los libros sobre como el ingenio vence a la fuerza y el aparentemente débil al fuerte, donde la sorpresa está en el cambio de roles, se me ocurren desde clásicos como El gato con botas a libros más actuales como Yo quiero mi gorro, Donde está mi bombín.


Acerca a los lectores a la novela negra y a un humor también negro, lleno de ingenio. Se trata de una narración con una gran cantidad de texto que requiere de experiencia lectora y que ayuda a familiarizar al lector con el funcionamiento de las historias, con una estructura lineal es casi un cuento clásico del débil contra el fuerte y del ingenio frente a la fuerza, es un libro con muchas capas y discursos que a través de la conversación literaria puede contribuir a desarrollar competencias de interpretación de los textos.


Conclusión


A través del juego entre texto e imágenes nos coloca en la piel de ambos personajes y aunque finalmente parece que toma partido por el ratón, no predispone claramente contra el gato de forma que permite el cuestionamiento y la discusión. No tiene un mensaje cerrado ni una postura clara que deja al lector. Nos enfrenta a todas las dudas del gato en el momento en el que el pensamiento prevalece sobre el instinto.

Ve la infancia como capaz y crítica, no da respuestas, plantea muchas preguntas sobre la violencia, la venganza, la autodefensa, la empatía y la manipulación, la alimentación y el uso de los recursos, la caza y las granjas, el instinto animal y la civilización, reflexiones sobre qué es lo que nos hace humanos. En lugar de simplificar o moralizar, confía en que los niños pueden sostener la complejidad sin necesidad de moralejas explícitas, y evita así muchos de los vicios habituales de cierta edición infantil: el didactismo, los mensajes cerrados o la infantilización del lector.


En cierto modo cuestiona las relaciones de poder y, entre ellas, puesto que se trata de un libro infantil, el adultocentrismo, la domesticación y la dependencia. La voz adulta no se impone sobre la narración ni utiliza a los personajes como altavoces de un "mensaje correcto"; más bien abre un espacio de discusión en el que adultos y niños pueden posicionarse de maneras distintas ante los mismos hechos.


En definitiva, aunque el texto es extenso y precisa de lectores atentos, la historia genera tensión y engancha, y el tamaño del libro y de las imágenes invita a compartirlo en una lectura en voz alta, que además puede dar lugar a reflexión e intercambio de opiniones e interpretaciones y abrir interesantes conversaciones. Su mayor fortaleza está en la atmósfera, la complejidad ética y el uso afilado del humor negro; su principal límite, quizá, es esa misma densidad textual y temática, que exige mediación adulta y un lector con cierta experiencia. En definitiva, un libro ideal para llevar al aula, a clubes de lectura o a bibliotecas que quieran trabajar el poder, la violencia y la empatía desde la ficción sin caer en sermones.

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