• Srta. Doe

Balances, propósitos, barrenes



Mi querida sra. Racho:


Te debo misiva desde hace días. Semanas. Meses. En tu penúltima me pedías aquello de hacer balance con los mejor del 2021; créeme que tuve un primer conato, un borrador donde fui apuntando lo que más me había llenado el ojo, pero pronto constaté lo poco que había leído y visto este pasado año y, lo que es peor, la escasa huella que me había dejado en el mayor de los casos. Creo que los encierros pasan factura también en lo de las expectativas y los aprendizajes. Sospecho que alguna universidad de la estepa rusa debe haber realizado un estudio al respecto.


Con el afán de corresponderte, los últimos días de diciembre, en una actitud tan cumplidora como obsesiva, decidí rematar dos series pendientes, me acerqué al cine para ver en pantalla lo de Bernstein y Spielberg, y culminé alguna novela que me instigaba desde la mesilla de noche (en el estante más cercano reposan aún una buena docena, pero esas son las que dan esperanza y tranquilidad sabiendo que la despensa no está vacía. Sé que me comprendes y acompañas en esto último). Así que, para no dilatar más mi promesa y comenzar 2022 con mejor pie, tomé el lance de tu recomendación bibliográfica y tan pronto Baltasar dejó el ejemplar en el árbol, me propuse a devorar Lector, vuelve a casa de Maryanne Wolf. No tanto, o no tan solo, para realizar una reseña (tendría delito cuando has sido tú quien me lo ha presentado, y son tus ojos precursores), si no para enviarte un puñado de preguntas a las que espero podamos dar respuesta en nuestra próxima ronda de pacharán.


Paseo por las nueve cartas que escribe Wolf entre atenta y descolocada; recordando que leer no es algo natural y que su aprendizaje supuso un logro de varios milenios y una revolución en el cerebro humano. Lo que leemos, cómo lo leemos y por qué leemos cambian nuestro modo de pensar. Los estudios y citas de neurólogos, biólogos, psicólogos y lingüistas señalan algo que bien podríamos sospechar: cómo los nuevos usos y lecturas en pantalla están variando nuestras capacidades: de reflexión, de pensamiento crítico y de empatía. Hiperestimulados pero más desconectados, ya no vemos ni escuchamos con la misma atención. (¿Es posible lo del estudio de la Universidad de San Diego? Sí, ya sabes, ese que afirma que un ciudadano medio consume en torno a 34Gb, 100 mil palabras diarias en distintos dispositivos. Tan fraccionados, bombardeados y desvinculados que fomentan, según los mecanismos del propio cableado neuronal, pensamientos más superficiales, incompletos y simplificados.

El experimento de la carta número 4 es lo bastante significativo como para sospechar que sí, nos cuesta leer a Henry James o cualquier concatenación de subordinadas, podemos sospechar que nos estamos amomiando (el corrector me dice que el término no existe, pero es lo suficientemente evocador para hacerme entender sin echar mano de aquel otro más malsonante). Siguen dibujando un futuro distópico y terrorífico. Aún me quedan algunas páginas y me gustaría encontrar en ellas respuesta a dos cuestiones: ¿Existe alguna prueba científica de cómo un libro digital y uno en papel se disfrutan, descifran, sueñan, paladean de modo bien distinto? (Sé que podrás secundarme porque a ambas defendemos la riqueza de la segunda opción). Y, una cuestión no menos importante: Si leer en pantalla nos envilece, nos acobarda y nos idiotiza, ¿cómo debemos abordar este blog vecinal?



He subrayado varias citas de las que incorpora Wolf. Italo Calvino y Walter Benjamin siempre suman, pero me he parado en aquella otra de Susan Sontag: "Ser una persona moral es prestar, obligarse a prestar, un cierto tipo de atención (…) La naturaleza de los juicios morales depende de nuestra capacidad de prestar atención: una capacidad que, inevitablemente, tiene límites, pero cuyos límites siempre se pueden estirar…” Me he detenido en ella, subrayándola y marcándola a lápiz, porque en tantos días de encierro y de teletrabajo, de virtualidad y pantalla, me dio por divagar escribiendo esto otro en una suerte de “diario”. Tengo la sensación de haber aplazado la vida hasta nuevo aviso y la condena pesa ya demasiado. Sirva como amalgama de “lo mejor del 2021 y lo que le pedimos al 2022”. El fotograma de El navegante (1924) de Buster Keaton me pareció la imagen más acorde. Más abajo va la confesión.




“Tiempo atrás, más allá de marzo de 2020, digo mucho tiempo atrás, se sabía que aquello de tener educación era saludar y despedirse cuando se llegaba a un sitio, ceder el asiento o el paso, no gritar, incordiar o molestar al resto, mantener las formas, el tono y esas cosas que llamaban urbanidad... Después llegó internet, los foros, los avatares, los nicks y los perfiles anónimos y, a día de hoy, la mayor parte de los mortales entienden (como decálogo asumido de modo espontáneo) que: uno saluda y se despide al mandar un mensaje (ole a quien da respuesta a una petición o consulta), guarda las formas en espacios donde se concentran extraños (que exabruptos, mayúsculas y paridas podemos sumarlas todos), cambia el CC por CCO cuando reúne a destinatarios desconocidos (las cadena de correos y listas de difusión debieran regularse por electroshock), e intenta no torturar con audios de whatsapp de cinco minutos (prueba a resumirlo, que no estás tú pa' podcast). Todo esto vengo barrenando en los últimos tiempos, cuando las horas de conexión se multiplican al mismo ritmo que mi "hurañez": quiero perder el tiempo solo con lo yo quiero. En eso debieramos ser soberanos. También descubro cómo puedo encariñarme, tras varios meses, con compañeros de un curso virtual en el que nos enseñaban a "argumentar y debatir mejor". Nos despedimos en la última sesión, cada uno desde su cámara y su sonrisa, con la sensación extraña de que la experiencia nos ha cambiado. Puede ser, solo puede ser, que antaño la educación se vinculase con los usos del espacio y, de unos lustros esta parte, se centre en el manejo de los tiempos. Sin embargo, hay algo que no ha cambiado: cuando existe conexión, quieres que el espacio y el tiempo sean compartidos. Pocas cosas lograrán modificarlo”.



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